La primera camiseta del Quito

El regalo más lindo

Caminaba con mi madre por el centro histórico de Quito, muy cerca de la Plaza del Teatro. No recuerdo mucho mi edad, pero todavía era muy pequeño. Allí se produjo el mejor regalo del mundo. Ella, el ser más querido, no quería estar al margen de aquello que sería lo más querido de mi vida.

¡Al fin tuve esa camiseta azulgrana, de franjas, con una Q a la izquierda! Hoy reposa en el cajón de los recuerdos más queridos, de esos que cuando los miras cada tanto, son capaces de sacarte una lágrima de emoción, nostalgia y alegría.

Porque no sabes qué sentir cuando te ves al frente de aquellos objetos que te trasladan a los momentos más sublimes de tu vida.No lo llamaría una herencia porque la decisión ya estaba tomada. Pero ese momento quedó registrado, con documentos y constancia, que mi amor por Sociedad Deportivo Quito sería para siempre.

Pase lo que pase, intenten lo que intenten, se sufra lo que se sufra. Así, el ser más querido, me hizo el niño más feliz del mundo y terminó por sellar los lazos con el amor de mi vida. ¡Cómo no voy a alegrarme si ya han pasado 75 años de vida institucional!

Mucho de ese tiempo no lo viví, y muchos de quienes lean estas líneas tampoco lo habrán hecho. Eso si, coincidiremos en que parece tan poquito con respecto al amor que le hemos profesado a los colores. Porque un año azulgrana equivale a diez de otros colores, de eso no me queda duda.

Pasaron los años de sequía, de sinsabores, de cargadas y tristezas. Esta generación debió cargar con años de los que no fue parte, con esa herencia que, lejos de menospreciarse, nos hizo ser más azulgranas todavía. Porque ser del Quito se convirtió en una religión.

Ir a la preferencia fue, y es, casi un acto de devoción. Allí, entre amigos, se fue fraguando un amor para siempre, capaz de empujar al equipo hasta gestas épicas, y al mismo tiempo levantarlo de momentos aterradores. Ser del Quito es eso, en resumen y como dice aquel documental que nos estremeció hasta lo más profundo de nuestras entrañas, “un misterio de fe”.

Y vinieron los triunfos, aquellos años inolvidables en que los festejos fueron seguidos. Aquel 2008 quedará grabado en la mente de todos quienes a diario le declaramos amor eterno a la institución, como el día de la erupción. Fue conmovedor vernos, en medio de la cancha de Latacunga, sin saber cómo festejar. Rostros que no paraban de reír y de llorar, caminando y corriendo de lado a lado, sin sentido alguno pero con una emoción indescriptible.

Eso es ser hincha del Deportivo Quito: amor eterno, amor incondicional, un sentimiento que jamás se traicionará y que nunca morirá. Por eso es cada día más hermoso serlo. Pase lo que pase, en las buenas en las malas. En la salud y en la enfermedad, como el matrimonio más sublime y perfecto. Es la AKD.

¡Y dale Quito, dale!

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